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El loco que lee

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 Si me pongo a escribir ahora, después de tantos días es solo por ganar objetividad. El paso del tiempo centra las cosas, las pone en su lugar y yo no quiero exagerar ni un ápice todo lo que me pasó aquel miércoles ocho de mayo cuando en medio del salón de clases y frente a la atenta mirada de una treintena de alumnos sucedió lo que estoy dispuesto, ahora sí, a contar. La verdad es que no quiero desilusionar a nadie con este relato. Seguramente no será mejor que otros que hayan ya leído. Pero mi intención no es encandilar a nadie con los juegos de artificios con el que toda historia que pretenda ser literaria debe estar revestida. Sino liberarme de un peso que me oprime el pecho. Poder soltar toda esa calada maraña de sensaciones espantosas que me provocan un miedo irracional y que me impiden entrar, no sin una gran sugestión, a ese salón de segundo año b. Debo aclarar, para no provocar malas interpretaciones, que yo no busqué nada. Simplemente hice lo que hago todos los años ca...

Todo por el loco ese

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    Piense lo que quiera oficial. Yo actúe en plena consciencia de mis actos. Sí. Y es verdad. No sabía dónde estaba aunque usted no pueda creerlo.   Uno no siempre anda preguntando dónde va y más cuando uno anda con gente conocida. Sí. Claro… Ernesto se llama. Es mi tío. Sí. Él me pidió que lo acompañe, que me quería dar una sorpresa me dijo pero nunca aclaró qué tipo de sorpresa. Claro. Qué iba a saber yo. No… nos veíamos de vez en cuando pero siempre visitándonos. Quiero decir que por lo general nos veíamos en su casa o en la mía y siempre eran los mates por la tarde, las cosas de uno o del otro que no siempre son trascendentales, los bizcochitos, qué sé yo. Pero ese día era mi cumpleaños. Sí. Linda forma de festejar un cumpleaños. Ya sé. Y Ernesto quiso sorprenderme evidentemente. Por eso la invitación “Quiero que me acompañes Cristian” me dijo y qué le voy a decir a mi tío… le dije que sí y salimos. Fuimos en su auto. Yo no tengo. Auto digo. Nunca tuve. Nunca m...

El conejo blanco de la literatura (opinión)

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  Los griegos lo llamaban Melikraton, los mayas la llamaban balché y creían en sus propiedades mágicas. Según el relato mítico nórdico Fjalar y galar, dos enanos, engañaron a Kvasir, un hombre hecho con la esencia de todos los dioses, lo mataron y usaron su sangre para fabricar un hidromiel único que proporcionaba el don de la sabiduría, la inteligencia y la belleza poética. Suttung, hijo de unos gigantes que los enanos habían matado, los capturó y les perdonó la vida a cambio de su hidromiel dejándolo en el interior de una montaña al cuidado de su hija. Los cuervos de Odín, Hugin y Munin, le dieron aviso al Dios que después de engañar con falsas promesas a la hija del gigante Suttung, bebió el hidromiel de golpe y escapó convertido en águila. Perseguido por el gigante Suttung que también había adoptado la imagen del águila soltó una pequeña dosis de hidromiel que se desparramó sobre la humanidad, antes de llegar a Asgard.   La belleza en todas sus formas es innata al hom...

Un cuento de Poe

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  Si fuésemos conscientes del poder que ejercemos con nuestras palabras seguramente mediríamos mucho más lo que decimos. En nuestro afán por expresar fielmente nuestras ideas más profundas podemos llevar de las narices a algún desprevenido que hace equilibrio en la difusa realidad para entrever en nuestros comentarios un sitio mucho más concreto que el que les proporciona su imaginario enfermo. Alguna vez, en los años de mi preparatoria, pasó por mis manos un ensayo filosófico cuyo autor no sostuve, que afirmaba que nadie debía sorprenderse si un lector de Nietzsche, ganándose el protagonismo de alguna crónica policial, hacía volar un puente por los aires al sentirse disconforme con el mundo que lo rodeaba. Nunca había tomado dimensión de esa idea hasta cuando luego de concretar mi proyecto anual en el colegio en el que trabajo pude vislumbrar el cambio de espíritu que uno de mis alumnos había sufrido luego de ver una obra de teatro y concretar algunas lecturas. Como todos l...

En primera persona

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      Usted me hace hablar porque le sobra conciencia y le hace falta agallas mi querido amigo   y si me permito esta licencia es simplemente porque tratándolo de usted, cuestión que a su gusto se impuso, me permito esta cercanía que facilita el calificativo que hago mío y que uso a sabiendas de lo que cada uno de nosotros es… pero me pregunto antes de darme a entender en mi rubicundo desdén qué pueden ser dos almas gemelas, más que amigas; dos almas que conocen la rugosidad de su corteza y la del otro como si fuera la propia; qué pueden ser dos almas que se complementan en su existencia, más que amigas. Me permito esta licencia, como le dije, intuyendo lo incrédulo que ha podido quedar luego de comenzar a vislumbrar este horizonte de palabras que traen una idea inesperada como un sol negro que amenaza oscurecer definitivamente su tranquilo andar de las horas que conforman su monótono día.   Contra todo lo que pueda imaginar, estoy entero. Créam...

A la tarde hablamos

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  Estela se acercará como tantas otras veces hasta el campito donde Ezequiel pasa las horas de todas las tardes, aunque en aquella (tesoro que el futuro guarda celoso y fatídico) lo hará con un paso discontinuo y acelerado. Sin los adornos que la divierten cuando el tiempo no acomete: no evitará las juntas de las baldosas de las veredas al caminar ni las contará en números pares, dos, cuatro, seis, ocho… no esa tarde.   Ezequiel atenderá el juego como cada tarde   en donde el fútbol y sus amigos lo son todo. Se correrá del centro, un tanto hacia atrás para buscar la pelota y cruzará la mitad de la cancha que él mismo marcara cuando la canchita aún era baldío. Buscará algún compañero bien posicionado y tratará de ubicar la pelota con precisión bochinesca entre las piernas que se interpongan entre él y su objetivo. Ese será su mayor divertimento. Que el resto buscara las felicidades más usuales tras los límites de un arco señalado con dos medios ladrillos de ...

¿La lectura pasatiempo placentero?

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  No hace mucho leí una nota acerca de la lectura y la escritura. En ella se dejaba entrever los placeres que proporciona la lectura y la inmensa lucha que implica el escribir, algo así como sumergirse en el propio fango para dejar al descubierto mucho de lo que callaríamos bajo otro formato que no sea el ficcional. No sería capaz de refutar plenamente estas ideas por el sencillo hecho que en parte las comparto pero sin embargo descubro una sacralización de la lectura que quisiera poner en duda.   Aceptarse resulta una de las cuestiones más difíciles que cualquier persona debe asumir en algún momento y dicha aceptación salvo en contadas ocasiones (generalmente desequilibrados, depresivos insalvables o anarquistas) nunca termina de ser completa. Bajo este contexto social omitido, el de la no aceptación, la literatura aparece como un espejo de cristal difuso en el que uno puede reflejar de sí mismo mucho de lo que en su hábitat social no puede mostrar ya que las convencione...